Estaba atardeciendo, cuando llegaba a mi casa luego de una extenuante jornada laboral, en un caluroso día de verano. Al bajar de mi automóvil, vi que se acercaba la silueta de un hombre, de indefinida edad, que en su caminar lento era acompañado por varios perros, que a rabillo de ojo pude contar entre siete u ocho mas o menos, los pobres flacos como el mismo dueño;..... caminando, seguramente sin destino fijo, tal vez con la idea de encontrar un lugar donde dormir esa noche, ese hombre de figura desaliñada, con signos de pronunciada desnutrición, arropado con vestimenta bastante sucia, con barba larga, igual que su cabellera, se podía ver que a su paso la gente se apartaba entre el desprecio y el temor.
Al verme se acercó, lo primero que me dijo, hermano....no tenés un peso, para tomar un vino...mi pensamiento fué velóz, me pregunté que era mejor, si le daba ese dinero, el alcohol lo podía perjudicar aun más, en ese instante dudé entre la impotencia y la compasión, pero me decidí por lo segundo ya que cuando lo reconocí me inundó una gran tristeza, no podia imaginar quien tenía frente a mí, años atrás, por su trabajo era un hombre atildado, que vestía saco, corbata y camisa de seda impecable.
Nos pusimos a conversar entre los varios temas que abordamos,lo cual me contó que había sufrido un gran desengaño amoroso, y comprendí que esa moneda, era para anestesiar su dolor, y de esa manera, olvidar. Me ocurrió algo muy raro a medida que escuchaba su relato, abarcaba infinidad de temas, con una sabiduría que podia dejar perplejo a quien no conociera de el, le dije Mario cuanto sabés!!!,...... todo lo que estoy aprendiendo de vos; a lo que el me respondió, yo también estoy aprendiendo de vos, eso fué para mí una contestación, que solo los grandes saben aplicar...Me quedé pensando...muchas veces juzgamos a nuestros hermanos por la simple apariencia exterior.
Nunca más lo volví a ver, como si el destino lo hubiera marcado así.
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